Relajábame del día en un paseo tranquilo. El ocaso en el horizonte se extinguía. Iban encendiéndose las farolas de mi transcurrir como en coro de bienvenida. Aquesto que cruzara el camino un caballero cubierto y de oscuro agüero. Precavido, me deslicé por la calleja adonde me siguiera mi compañero de noche y destino. Haciendo como que miraba la hora y en arreglando otros asuntos detúveme, para comprobar que paraba también aquél otro hombre. Mi respiración se hizo lenta y pesada; mi cuerpo quedó traspasado por el frío de las paredes en sombra. Viera de soslayo que sacaba del abrigo un objeto resplandeciente, galopé para arroyarle con todo mi peso. Y viera que el objeto, que ya rodaba, en acertada sospechaba era un arma de fuego. Corriendo a ella aprecié un compinche de huida saliendo presto del coche con pistola en mano. Antes que disparase, disparé yo primero. El anterior entonces arremeció por la espalda y mi bala acabó con su pecho en el suelo.