Hay días que sales de los sueños sin apetito por el mundo. Entre tus cálidas aun mugrientas mantas te refugias de lo de ahí afuera. No quieres más que el olvido; fantasías o intentos por seguir dormido. Horas de consciente dolor enquilosado. El tiempo es la madre que perdona tu desidia. No pasa nada hijo, descansa, descansa y llora. Aquí estaré yo siempre, en tu dolor y en tu alegría. Arrópate bien, mañana sonreiremos juntos con tal preciado sol que te prepararé al desayuno. Hoy déjalo, hoy tormenta. Clama al llanto mi fuerte muchachito. Yo tee acompañaré en los gritos. Mis árboles crujirán por dentro, el viento sacudirá las ramas y levantará tu odio al vuelo. Pondré las grises nubes y la lluvia fría y árida. Anda, corre, grita, sangra y saliba rabia. Destroza si quieres mis entrañas. Pero mañana como nuevo, ¿eh? Mañana sonreiremos juntos. Ya verás qué bien. Mi querido hijo, aquí me tienes siempre. Yo siempre cuidaré por ti. Te quiero mi hijo. Madre mientes. Nada de ti tengo, porque nada tienes. Ligeros recuerdos, abrazos y noches de niño triste por verte sufrir. No te culpo no obstante, sea lo que pasase. Sea que no recibieras amor. Fuera un mal parto o fuera el rechazo de tus padres. No lo sé. No tienes la culpa, nadie la tiene. Pero me destetaste demasiado pronto y sin ti he crecido. He tenido que aprender solo en la vida, sin tu guía, sin tus consejos, sin tu aliento que me levantara el ánimo. Y aquí estoy, intentando día tras día levantarme con una sonrisa. Y no me van mal las cosas, ¿no? Me vislumbro como un sabio y ayudarte quisiera, pero me falta lo que a ti. No aprendí el amor. Puede uno regresar a la tierra y seguir teniendo esa asignatura pendiente. Ya nos ves, generaciones muertas y sin amor. Y tanto que lo deseamos, ambos que siempre estamos buscando ese cariño que no tuvimos. Con los cristianos, con amantes, con ideas de paz y justicia. En verdad somos iguales y no puedo culparte. Espero romper pronto esta absurda cadena y así entonces verdaderamente ayudarte y amarte. Por ahora no puedo. Pero tú tampoco puedes culparme. Pero así no pueden ser las cosas, alguien tiene que hacerse cargo, ¿no? ¿Padre? Pon nos la regla. Sé severo y castígame en estos días que pierdo el preciado Tiempo que tú espectante me regalaste. ¿O tú tampoco esperabas nada?, ¿o tan sólo buscabas un último intento de ansiado amor? Sí. Tú también viviste alejado y solo. Nuestra evolución es la soledad. Nos hacemos expertos en amar por dentro, callar por fuera. Nos hacemos fríos y podemos alcanzar la posición que queramos, pero algo nos falta. Genes de desesperanza, de anhelo. Hijos tras hijos e hijos iguales. No sólo se transmiten los cuerpos. Nos vamos pasando el testigo del silencio. Así se construye el mundo, con maestros con muletas. Y así avanzamos, cojos. Otros van tuertos, aquellos insípidos. Sordos, asustadizos, melancólicos, ciegos. Al fin y al cabo nadie nos enseñó a ninguno. Aquí llegamos un día al mundo, con tos e hipo. Nada más que con un instinto de chupar y algunos otros más programas primarios. ¿Y luego? Luego sí que viene lo bueno. Sin saber porqué y cómo comenzamos a dar los primeros pasos. Y lo hacemos como podemos. Maravillados ante tan majestuoso cuadro de colores. Negros cuervos, perlas cristalinas del rocío, mares de infinitos azules, agua en la tierra y agua en los cielos. Tierra parda, exquisitas cerezas rojas, laderas verdes y radientes, y hasta puentes multicolores que nos hacen soñar con leyendas de dioses. Probamos aquí y allá. Vamos experimentando, esto es un juego. Pero en esta vida no hay manuales de “Hágaselo usted mismo”. Aquí cada uno construye su libro, como puede. Novelescas aventuras, pasiones, desgracias, dedicación y perseverancia. Pero nadie está seguro en el examen. Nos copiamos. Nos vamos intercambiando capítulos. Hoy un hombre y una mujer se conocerán por primera y vez y empezarán a contar cada uno sus mejores pasajes. -Esto sí que es interesante, ¿lo has leído? Y harán que se almacenen más libros y más datos. Así avanzamos. Todos tenemos erratas, somos maestros cojos. Pero avanzamos. Seguimos despertándonos día tras día. Días soleados o de lluvia. Seguimos andando hasta que la muerte nos separe. De ti mi madre, de ti mi padre. Mis maestros cojos. Os quiero. Seguiré pues yo también escribiendo este libro bucólico y onírico. Seguiré sin saber porqué, pero seguiré. Y ya rotos los yugos beberé acompañado de mis queridos libros. Gracias a todos, mis maestros cojos.
Quizá el impacto más profundo de la IA radicará en los efectos que podría tener sobre nuestra compresión de nosotros mismos. Copérnico y los astrónomos posteriores nos desplazaron desde nuestra posición en el centro del universo hasta un pequeño planeta en una de las innumerables galaxias. Darwin y los evolucionistas posteriores nos desplazaron desde el centro de la creación hasta nuestro lugar actual entre incontables formas de vida basadas en el ADN. Estos cambios de perspectiva fueron difíciles de aceptar para algunos. ¿Qué cambios nos esperan si somos capaces de construir máquinas tan inteligentes como nosotros?